El siglo XIX supuso una confrontación constante entre dos posiciones irreconciliables, la España tradicional y las ideas de la Revolución importadas de Francia, dos cosmovisiones no sólo diferentes, sino antagónicas. Y en este marco deben ser consideradas todas las guerras que jalonan la centuria y los grandes acontecimientos históricos que depara; por supuesto, también la caída, el total desmoronamiento del Imperio.
Ya en la conocida como Guerra de la Independencia contra nuestros vecinos de más allá de los Pirineos se evidencia el inevitable choque entre dos mentalidades contrarias. Agua y aceite. La Guerra Realista (1820-1823), la Guerra de los Agraviados o de los Malcontents (1827) y, por supuesto, las tres Guerras Carlistas, que en puridad podríamos llamar guerras civiles, ponen de manifiesto este antagonismo. Sería inevitable que esto se reflejara en la política que se seguía en Ultramar.
En este contexto histórico se sumerge Víctor Ibáñez para analizar el papel del carlismo en lo que finalmente significaría la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico en 1898, una cuestión poco estudiada de manera concreta. La obra ha sido premiada con el XVIII Premio Internacional de Historia del Carlismo Luis Hernando de Larramendi, y la edición, muy bien presentada, corre a cargo de la editorial Doce Calles. Es un volumen académico y excelentemente documentado, con un trabajo ingente detrás y prologado por Alexandra Wilhemsen, hija del filósofo tradicionalista Frederick Wilhemsen.
Ibáñez bucea en obras históricas y en la prensa carlista de la época para estudiar, por encima de cualquier otra cosa, la actitud que adoptó el tradicionalismo español ante la crisis de Ultramar. No se puede comprender de ninguna manera el papel del carlismo en este asunto sin atender a su carácter levantisco y, sobre todo, a esa oposición frontal al liberalismo. El carlismo se alzó en armas en 1833, en 1846 y nuevamente en 1872, y defendía la España tradicional y católica frente a las ideas paridas por los revolucionarios franceses. De ninguna manera se puede desligar el enfrentamiento entre liberales y carlistas de la política seguida por los diferentes gobiernos en Cuba y Filipinas, hasta el punto de que el envío de presos carlistas a Cuba para combatir a los insurrectos resulta estratégico para los liberales en su combate contra los tradicionalistas. Obviamente, cuanto más lejos, mejor. Y aún así no cesó en ningún momento la preocupación en las filas liberales por la actuación de los carlistas en el archipiélago filipino y en Cuba, y aún menos en la propia España peninsular.

El sugerente título de la obra ya nos indica por dónde van los tiros, y es que el carlismo, en lugar de tratar de aprovechar la situación para pescar en río revuelto, adoptó una actitud admirable y enteramente patriótica, anteponiendo los intereses generales de España y la honra nacional al beneficio partidista. Los innumerables artículos publicados en la prensa carlista de la época, las intervenciones parlamentarias, la correspondencia y las directrices de la dinastía carlista no dejan lugar a dudas sobre esto. Primero Dios, luego España, y después ya se verá. Así, el carlismo apoyaría las acciones de los gobiernos liberales en Ultramar considerando que, en ese contexto, la división interna sería peor para España que buscar la caída del régimen liberal. Por ejemplo, los holandeses ofrecieron al carlismo dinero para fortalecer su causa a cambio de «consentir que a su nombre se conquistaran algunas islas de las Filipinas, para cederlas después a una compañía que Países Bajos quería establecer en ellas, a la manera de las factorías coloniales inglesas». Se les dijo que no y se asumió la derrota. También desde los Estados Unidos se ofreció a los carlistas armas y barcos, esta vez a cambio de la anexión de Cuba. Nuevamente la respuesta fue negativa. En otra ocasión, Nocedal manifestaría en las Cortes que «ante la bandera de la Patria cesan todas las diferencias». La integridad de la Patria estaba, para el carlismo, por encima de las luchas intestinas entre españoles.
El apoyo a los gobiernos de turno no obsta para que se les criticara. De hecho, se culpa a los gobiernos liberales de manera clara y contundente de ser los responsables de la pérdida del Imperio, de las «Américas españolas». El carlismo tenía claro que los movimientos insurreccionales antillanos eran un reflejo de la política peninsular: «Siempre a los sacudimientos liberales de aquende correspondieron gritos de independencia en las playas occidentales del Atlántico. Ayer al grito de ¡España con honra!, lanzado desde la fragata Zaragoza, responden ¡Cuba libre! sus moradores. ¡Triste fatalidad para el liberalismo el que cada época de reacción liberal se traduzca por un quebranto más para la patria…!», se podía leer en un diario carlista.
Tampoco podía irse de rositas la masonería, evidentemente. En El Correo Catalán, por ejemplo, se defendió que «no fue en nuestras posesiones ultramarinas donde se creó el odio contra España y el sentimiento de independencia, sino que de la metrópoli fue de donde partieron las instigaciones […]. El espíritu anti-católico fue el que llevó las legiones masónicas a aquellas islas para que obraran esta labor anti-española». El papel histórico de los hijos de la viuda en las secesiones americanas está más que documentado. Se acusa a ambos, liberalismo y masonería —y no sin razón— de «nutrir ideológicamente a los secesionistas».

Aunque, como hemos visto, el carlismo no antepuso su causa a la general de España, sí que presentaría a lo largo del tiempo propuestas concretas alternativas a la actuación gubernamental. El carlismo entendía que la pacificación de Cuba pasaba en primera instancia por una victoria militar, lo que iba también en concordancia con las continuas apelaciones a la virilidad en la prensa tradicionalista. Pero, en última instancia, la solución pasaba por la caída del liberalismo y la victoria del carlismo. Desde la óptica tradicionalista, y de forma coherente, no se podía culpar a los liberales de ser los responsables de todo lo que acontecía en las Antillas y de tener fe en que las reformas de éstos solucionarían los problemas que ellos mismos habían creado. Por eso «se advirtió que mientras rigiesen los principios revolucionarios el esfuerzo y los sacrificios del Ejército acabarían siendo en vano».
Pero si la cosa pintaba mal en Cuba, los sucesivos gobiernos liberales tuvieron siempre miedo de que el carlismo protagonizara un nuevo alzamiento. Y no iban del todo desencaminados, pues ciertamente, al enquistarse la situación en Cuba y finalmente ser derrotados militarmente por los EE. UU., cada vez eran más las voces que reclamaban tomar las armas en pro de la salvación de España. Tal cosa, pero, finalmente no se produjo.
Quedémonos, de todos modos, con esta actitud del carlismo ejemplificada en unas palabras de don Carlos: «… se trata de la integridad de la Patria, y todos sus hijos deben defenderla: que cuando la Patria peligra desaparecen los partidos: sólo quedan españoles».
Descubre más desde Lo Rondinaire
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.