Reseña de ‘Una resistencia olvidada’, de Víctor Ibáñez

En estos tiempos que corren, en que nuestras amadas élites progresistas andan tan preocupadas con la cuestión de la memoria histórica, no deja de ser chocante que los jóvenes de hoy en día ignoren prácticamente todo sobre el terrorismo de los nacionalistas de ETA. Violencia en forma de tiros, bombas, extorsión, secuestro… Pero violencia, al fin y al cabo, instrumental pues, como hemos señalado aquí otras veces, la naturaleza de ETA era totalmente política. Pero incluso entre los que ya tenemos una edad se desconoce, en muchos casos, el sufrimiento padecido por los tradicionalistas en las Vascongadas. Ese es el propósito de ‘Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo’, obra de Víctor Javier Ibáñez: «Honrar la memoria y la verdad rescatando del olvido a los mártires tradicionalistas asesinados por el terrorismo nacionalista».

Portada del libro.

El libro, bien documentado y de fácil lectura, defiende que «el tradicionalismo ha sido la opción política que más ha sufrido el terrorismo separatista».Pero no basta con recordar a los que fueron víctimas de la barbarie. Para hacerles un asomo de justicia es necesario también poner en contexto su sufrimiento. Hay dos razones fundamentales por las que los tradicionalistas estuvieron en el punto de mira de los asesinos:

  1. Los carlistas/tradicionalistas, siendo como eran profundamente vascos, «defendían la natural españolidad de Vascongadas». Esta españolidad, nacida de lo más profundo del pueblo vasco, desmonta el mito nacionalista de una identidad vasca exclusivamente, cosa que éstos no pueden soportar.
  2. Los nacionalistas odiaban a los carlistas también  porque éstos derrotaron a los gudaris en la Guerra Civil. Los requetés vascongados formaron doce tercios. Otro mito nacionalista que cae: el de los vascos luchadores contra Franco.

Esta frustración, este quebranto de la fantasía histórica nacionalista, es lo que provocó que atacaran no sólo a las personas sino también los símbolos. De ahí el atentado con explosivos contra el Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada, otro de igual naturaleza contra el monumento al general Sanjurjo, la destrucción del Altar del Vía Crucis de Isusquiza, profanaciones de ermitas y capillas y las banderas carlistas ofrendadas… Ni las tumbas han respetado estos miserables.

No podía escaparse, por los mismos motivos, la prensa carlista. El periódico ‘El Pensamiento Navarro’ sufrió el odio nacionalista. Cartas y llamadas amenazantes a los empleados, ataques con cócteles molotov y dos atentados con explosivos que afectaron a la rotativa. Incluso destruyeron con una bomba la casa de un miembro de la junta del periódico. Pese a todo, se siguió publicando hasta el año 1981.

Ni los muertos son respetados por el separatismo.

Pero fue en los ataques a las personas, lógicamente, donde los asesinos mostraron de lo que es capaz una persona cuando le domina el odio. Asesinados en la puerta de sus casas, cuando se dirigían a sus trabajos o cuando llevaban a sus hijas al colegio, muchas buenas personas cayeron bajo las balas del terrorismo separatista. Algunos, implicados políticamente como el jefe de las Juventudes Tradicionalistas del Señorío de Vizcaya, José María Arrizabalaga Arcocha, cuya tumba además ha sido atacada repetidas veces; otros retirados ya de la política, como Carlos Arguimberri Elorriaga, primer carlista asesinado por ETA. Algunos casos —más bien todos, en realidad— muestran la bajeza moral de los individuos, como el caso del atentado contra la casa de un carlista de la familia Landaluce; miembros de ésta aconsejaron al hijo de una mujer de un pueblo vecino que vendía productos del campo en el suyo que aprendiese el oficio de electricista, cosa que hizo. Tras encargarle trabajos en su taller y en sus propias casas, dos de los hermanos Landaluce le encargan la instalación eléctrica de sus casas, acabadas de construir. El joven, que había ingresado en ETA, hizo volar una por los aires. Otros casos son una «muestra terrible de la locura colectiva que los mitos nacionalistas generan», como el asesinato de Jesús Ulayar Liciaga, asesinado en Echarri-Aranaz de cinco disparos delante de su hijo de trece años; sus asesinos, los hermanos Vicente y Juan Nazábal, fueron declarados hijos predilectos por el ayuntamiento.

Es importante incidir en esto, en el efecto del nacionalismo —en tanto que ideología propia de la modernidad— en los pueblos. Por supuesto que hay casos en que este es moderado, pero en el caso que nos ocupa sus consecuencias han sido nefastas. ETA jamás hubiera llegar a causa tanto daño si no hubiera tenido apoyo de una parte importante de la población. Ahora bien, la obra de Víctor Ibáñez muestra a las claras que «no son las Vascongadas del caserío (…) donde se nutrió mayoritariamente la base social de los terroristas, sino que más bien las nuevas colonias urbanas, levantadas bajo el signo del yugo y las flechas del Instituto Nacional de la Vivienda (…)». Y es que, como en otros casos, son muchos los que tienen que hacerse perdonar el «pecado» de no ser «miembros puros» de la nación. Basado en simples mitos y mentiras, el nacionalismo propone una identidad vasca totalmente alejada de la tradición, y es por eso por lo que ataca precisamente a la representación más genuina del pueblo vasco, porque nacionalismo y carlismo son antagónicos.

Carlos Arguimberri Elorriaga, primer carlista asesinado por ETA.

A día de hoy, Vasconia sigue siendo, cuando menos formalmente, parte de España. Pero no se puede decir que la vil acción de ETA no haya obtenido frutos. Su estrategia de asesinatos y  amedrentamiento provocó que muchos vascos —unos 200.000, según un estudio de la Fundación BBVA— abandonaran su tierra. Que muchos otros vivieran con tal miedo que no se atrevieran a llevar la contraria a las tesis nacionalistas y, por supuesto, que se lo pensaran dos veces antes de implicarse políticamente. Hoy, el nacionalismo es, probablemente, hegemónico en aquellos lares.

Y lo peor de todo es que todo esto pasó ante el silencio y la pasividad de las autoridades políticas y eclesiásticas, en muchas ocasiones. España vivía en los años 70 y 80 del pasado siglo una época de cambio.; mientras se «modernizaba», los tradicionalistas caían bajo las balas del separatismo. Menos mal que ante Dios no hay héroes anónimos.

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