Afganistán y el hundimiento de Occidente

El 11 de septiembre de 2001 se produjeron los brutales atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el edificio  del Pentágono, que dejaron una escalofriante cifra de víctimas mortales —casi tres mil—, más de una veintena de desaparecidos y miles de heridos. El mazazo que debió suponer psicológicamente para los ciudadanos de EEUU debió ser, para que nos hagamos una idea, similar al que supuso para nosotros el 11-M, y dio la coartada moral para la invasión de Afganistán. Ya saben lo que viene después: los talibanes, Al-Qaeda, el malo malísimo oficial de Bin Laden…

No deja de ser curiosa la relación entre EEUU y los talibanes. Para quien no lo sepa, entre los años 1978 y 1992 se produjo una guerra civil en Afganistán. La URSS dio soporte al poder establecido, que era socialista, mientras los yankees apoyaron al bando opositor, los muyahidines. O sea, los islamistas. O sea, los talibanes. Les armaron y les financiaron. De hecho, la película Rambo III está ambientada en ese conflicto y la misión para la que quieren reclutar al protagonista es, precisamente, armar a los talibanes. Se supone que estos son los mismos que, cuando menos, promovieron, colaboraron o facilitaron de alguna manera los salvajes atentados del 11-S, y que son los mismos que se han hecho de nuevo con el poder una vez que las tropas de los países occidentales han ido dejando progresivamente el país. Total, 20 años allí y miles de soldados y civiles muertos para nada.

Los talibanes han sabido esperar y resistir hasta hacerse con el poder nuevamente.

El presidente de EEUU, Joe Biden, compareció ante los medios para defender la salida de su país de territorio afgano: «Redujimos con fuerza a Al Qaeda en Afganistán. Nunca nos rendimos en la caza de Osama bin Laden hasta que lo eliminamos. Nuestra misión en Afganistán no se suponía que era la de construir un país, o crear una democracia centralizada y unida. Nuestro único interés vital en Afganistán sigue siendo hoy el mismo de siempre: prevenir un ataque terrorista en suelo estadounidense». Es decir, el señor Biden considera que han cumplido con la misión que tenían, y conviene remarcar el hecho de que afirma que establecer allí una democracia al estilo occidental no era parte de esa tarea. Pero los hechos contradicen las palabras de Biden. Para conseguir eso no hacía falta invadir y ocupar durante dos décadas un país soberano; si esa era la idea, deberían haber procurado aniquilar —sí, aniquilar— a los talibanes; EEUU tenía y tiene la capacidad militar para hacerlo. Sin embargo, no hay más que ver que justamente el enemigo a batir hace 20 años es exactamente el mismo que se ha vuelto a hacer con el poder. Los norteamericanos han gastado una barbaridad de dinero absolutamente para nada, siendo incapaces de dejar la más mínima institución o estructura de poder sólida; en cuanto se han ido, se ha desmoronado todo en un santiamén. Las tropas afganas, entrenadas y financiadas por las sucesivas administraciones norteamericanas, se han cagado, como diríamos vulgarmente; no han ofrecido la más mínima resistencia, y eso que eran superiores en número y armamento a los talibanes. Dos décadas de ocupación y miles de vidas, insistimos, para nada. La supuesta misión puede considerarse un rotundo y enorme fracaso.

Evidentemente ahora todo el mundo occidental está escandalizado por la «huida» de EEUU –que no era el único país con presencia allí, hay que recordarlo– y pensando en lo que se les viene encima a las pobres mujeres afganas. Tranquilas, féminas de Afganistán, que el feminismo progre está con vosotras; ya veréis como publican un montón de tuits en vuestro apoyo. No, no, de ahí no pasará la cosa, claro, como seguramente tampoco habrá cola de gays y lesbianas para ir a enfrentarse, fusil en mano —no cabe otra manera— a los del turbante y el kalashnikov. Y es que ahora ya nos acercamos al meollo de la cuestión.

¿Es este el fruto del progreso occidental?

Vamos al fondo del asunto. Los talibanes no han recuperado el poder en Afganistán porque fueran un ejército más poderoso que los aliados occidentales y las fuerzas armadas afganas. Eran menos y peor armados. Habían perdido el control de las grandes ciudades y sólo resistieron replegándose a zonas montañosas y rurales. Pero los talibanes tienen algo de lo que carecen los occidentales y los afganos que han colaborado con ellos: Determinación. Y esa determinación les viene dada por una idea firme de civilización, sustentada a su vez por su religión. Los afganos que han colaborado con los aliados occidentales lo querían todo hecho y su debilidad ha quedado patente, del mismo modo que la falta de compromiso con una idea por parte de los gobiernos occidentales. Es triste, pero es cierto y hay que decirlo: Occidente ha muerto. Aún no lo sabe, pero ha muerto. Occidente es el marido cornudo, el último en enterarse. Cuando queramos darnos cuenta nos habrán comido la tostada. Y no, no es que el futuro de Occidente se jugara en Afganistán, es simplemente que ahí se ha hecho patente nuestra debilidad.

¿Y por qué? Pues porque Occidente no cree en nada. Bueno, esto no es del todo exacto. Las élites que cortan el bacalao, y con ellas el rebaño, creen en el progreso. Y en el dinero, y en el cambio climático, el homosexualismo, el feminismo, el buenismo, la defensa de las «minorías», el hedonismo, el aborto, la inmigración sustitutoria, no tener hijos… El europeo y el norteamericano medio, y por supuesto incidiendo en que hay honrosas excepciones, cree justamente en todas aquellas cosas que de manera progresiva, como un azucarillo, están disolviendo los fundamentos que dieron lugar a lo que conocemos como Occidente, esto es, la civilización cristiana. Occidente ha dado la espalda a Dios y por eso va a caer —bueno, ya ha caído—, porque no existe una idea clara y potente de civilización. Todo son vaguedades y conceptos genéricos como democracia, progreso o libertad, que no son más que pienso para las masas, y evidentemente nadie se sacrifica por cosas insustanciales y sin valor. Además, la mentalidad progre nos ha aburguesado, nos ha acomodado. Los progres no se dan cuenta de que en el pecado llevan la penitencia. Eso sí, activistas de Twitter, los que quieran, a montones.

La estatua del misionero español Fray Junípero Serra, derribada en EE.UU.

Mientras en otras latitudes hay países con las ideas claras y el rumbo fijo, aquí tenemos una ministra que sola y borracha quiere llegar a casa y otro imbécil con cartera ministerial que dice que el mundo se acaba porque nos gusta el lomo y los bistecs. Bill Gates nos quiere tapar el Sol porque hace calor y con la Agenda 2030 no tendremos nada y seremos felices. Este es el nivel. Qué triste. Qué pena. Parece que sólo nos vamos a dar cuenta de que nos hemos hundido como civilización cuando los problemas para evacuar la ciudad no sean en Kabul sino en Madrid, Roma, París, Barcelona o Berlín. ¡Como si hubiera algún lugar adonde ir!

Que Dios nos ayude.

2 comentarios en “Afganistán y el hundimiento de Occidente

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