Los indultos del traidor

El Consejo de Ministros de este gobierno traidor que nos ha tocado padecer aprobó ayer martes 22 de junio el indulto a los condenados en el juicio del procés, que quedarán de esta manera libres definitivamente, si bien se puede decir sin miedo a equivocarse que la estancia en prisión de los sujetos en cuestión no ha sido, por decirlo así, todo lo ordinaria que cabría esperar, pues han sido sin duda tratados de forma privilegiada. Pero claro, qué cabía esperar si los que controlan las cárceles catalanas son justamente los amiguetes de estos golfos.

Hay que admitir que esto no pilla a nadie por sorpresa, y eso que el mismo Sánchez declaró en 2014 sentir «vergüenza» de los indultos concedidos a políticos por los propios socialistas. «No tiene ningún sentido que un político indulte a otro y yo siento vergüenza de eso. Yo lo que digo es que hay que acabar con los indultos políticos». Ahí queda eso. Por supuesto, uno es libre de cambiar de opinión; lo malo es ser una veleta y cambiarla en función del interés de uno. Pedro Sánchez es de estos. Es, además, un hombre carente de principios y de escrúpulos, hombre de acción política infame revestida de buenas palabras. Pero pese a que este mentiroso compulsivo se ha mostrado contrario a los indultos en reiteradas ocasiones, ¿cómo va a pillarnos por sorpresa el indulto si lleva encamado con ERC y Bildu desde el principio de la legislatura? ¿Cómo va a pillarnos por sorpresa si su ya dimitido vicepresidente, el marqués de Galapagar, apoya en la práctica la secesión de Cataluña? ¿Cómo va a pillarnos por sorpresa si la teórica filial socialista en Cataluña, el PSC, es también filonacionalista? Habría que apuntar, probablemente, que quizá el PSOE sea la filial en el resto de España del PSC, visto lo visto.

Sánchez, además de ser un mentiroso, tiene otro defecto. Bueno, tiene muchos, pero uno que en política especialmente puede ser peligroso: en su vanidad, cree que todo el mundo es tonto o, cuanto menos, que Su Sanchidad es más listo que los demás. Por eso no se corta un pelo y anuncia a la vez que los indultos que se podrá ir sin mascarilla en espacios abiertos, y además una rebaja —con condiciones— en el IVA aplicado a la factura de la luz. Es tan evidente la jugada que debería ponerse colorado, pero claro, ya hemos dicho que no tiene vergüenza. Este personaje tiene el rostro de cemento armado, es un jeta de primera magnitud. Y encima no se habla de otra cosa que de los indultos, con lo cual no ha colado.

El discurso del Liceu y los argumentos posteriores del (des)gobierno

Bien, pues con ese aura de ser superior se presentó el felón en Barcelona el pasado lunes para intentar vendernos la burra de los indultos. Fue recibido en la puerta del Teatre del Liceu de forma hostil por unos pocos centenares de separatistas y ningún cargo público procesista tuvo a bien acudir al acto convocado por Sánchez, despreciando así la medida de gracia. Además, una veintena de asociaciones catalanas contrarias a la secesión leyeron públicamente una carta dirigida al presidente mostrando su postura contraria a los indultos, carta que entregaron posteriormente en la Delegación del Gobierno.

El discurso, como todos los suyos, fue pura palabrería y poca argumentación. Insistió bastante en las palabras «concordia» y «diálogo», defendiendo que ambas cosas forman el espíritu de la Constitución, y en mirar al futuro. Mirar al futuro, sí, y lo dice el presidente de un gobierno incapaz de pasar la página de la II República, la Guerra Civil y Franco —al que hasta sacaron de su tumba—.  Eso sí, vino a sostener una cosa que es cierta, hay que decirlo, y es que la situación a la que se ha llegado con los nacionalistas  no es responsabilidad exclusiva de éstos: «Estamos […] ante una realidad que no queremos ninguno, pero que hemos hecho entre todos». Miren, no podemos estar más de acuerdo en esto. Sin la colaboración de los diferentes gobiernos centrales, de los sindicatos, de la patronal, de un gran número de medios de comunicación, de los cobardes, de los chupópteros,  de los indiferentes, de los tibios, de la Constitución del 78… hubiera sido imposible llegar a la vergüenza nacional que fue el 1-O, y hay que dejar claro que el nacionalismo catalán —o el vasco, o el que sea— es un problema español, un síntoma de un mal profundo.

El traidor monclovita nos dejó también una frase importante que ha pasado más bien desapercibida: «Mi propuesta, la del Gobierno de España, es dar paso a un nuevo proyecto de país». Bien, ¿qué proyecto es ese? Otra vez palabras vacías, nada concreto, pero al paso que vamos mucho nos tememos que no va a quedar país que gobernar.

Tras este discurso del lunes y la preparación previa del terreno por parte de varios ministros —y ministras, ¡faltaría más! — vino la aprobación de las medidas de gracia por el Consejo de Ministros. El propio Sánchez compareció ante los medios en las escalinatas del Palacio de la Moncloa, donde intentó justificar nuevamente los indultos afirmando que se otorgan por su «utilidad pública», por la «necesidad de restablecer la convivencia y la concordia en el seno de la sociedad catalana y en el conjunto de la sociedad española». Erre que erre. Y vuelta la burra al trigo.

Y mientras tanto, los separatistas…

Pues ellos contentos, obviamente, por tres razones fundamentalmente:

  1. Los directamente interesados porque salen ya a la calle, sin más recursos de ningún fiscal y sin que el Tribunal Supremo les haga volver al Hotel Rejas tras el trato privilegiado que les ha dado el Departament de Justícia de la Generalitat. Sánchez les ha dado la foto de la victoria.
  2. La concesión de los indultos es la constatación de la debilidad del Estado, tal y como han defendido Oriol Junqueras y Jordi Cuixart, que tienen en esto toda la razón.
  3. La imagen internacional de España queda seriamente dañada.

Los separatistas han ignorado y ninguneado a Sánchez. Les conceden un indulto que no han pedido, pues reclaman la amnistía. Al cabo de un rato de dárselo ya estaba el presidente de la Generalitat reclamando un referéndum acordado. Junqueras y compañía han reiterado por activa y por pasiva que volverán a hacer lo mismo que en septiembre y octubre de 2017. Su paso por prisión ha sido un chiste en comparación con la reclusión de cualquier otro preso. Hacen y deshacen en Cataluña como si fuera su cortijo. La televisión pública catalana la pagamos entre todos pero sigue a su servicio. El sistema judicial español ha quedado por los suelos. El propio gobierno de España asume el lenguaje de los separatistas y habla de «España y Cataluña». El hijo de Campechano, Felipe vi, está obligado a firmar los indultos tras hacer, probablemente, lo único útil en siete años, que fue el discurso del 3-O. Pasito a pasito, ellos van avanzando. Los separatistas no están por la concordia ni por la convivencia, ni tampoco por la milonga del diálogo, pues el único que entienden es el que les da lo que quieren. Estas monsergas son para el memo de la Moncloa. Los separatistas tampoco están por la labor del «proyecto de país»; o bueno, sí, sí que lo están, pero por el proyecto de su país, pero Sánchez parece no darse cuenta o lo disimula muy bien, o quizá ya le está bien llevarnos a una III República en forma de a saber qué narices de federación de repúblicas ibéricas. Vayan ustedes a saber qué han hablado entre bambalinas los que de verdad mandan, los que vemos y los que no vemos.

El mal visible y el mal profundo

Decíamos antes que los nacionalismos llamados periféricos son en realidad un problema español. Bien, nos explicamos. Estos nacionalismos no son causa, son consecuencia. ¿Consecuencia de qué? Consecuencia de que la inmensa mayoría de los españoles, guiados por nuestras élites, hemos dado la espalda a lo que hemos sido, fundamental y principalmente un país católico. ¿Y qué tendrá que ver, preguntará alguno? Pues mucho. España no tiene en último orden un problema político sino un problema moral del que derivan los demás. El nacionalismo, que es una idea revolucionaria —entendiendo como tal las surgidas de la Revolución Francesa—subvierte un factor fundamental en el ordenamiento social, que es el de la soberanía. El poder, que en las comunidades cristianas emanaba de Dios y recaía en el rey, que a su vez lo veía limitado por fueros y cuerpos intermedios, reside para esta ideología en la nación, lo que conocemos como soberanía nacional. La nación para un nacionalista está, por tanto, por encima de Dios y es el objeto último de lealtad, y la derivación lógica —para esta doctrina— es que a una nación le corresponde un Estado. A grandes rasgos y sintetizando, podemos distinguir entre dos tipos básicos de nacionalismo: uno de corte más político, basado originalmente en el trilema revolucionario —Libertad, Igualdad, Fraternidad—, y otro surgido posteriormente de corte esencialista basado en conceptos como la raza o la lengua. El nacionalismo catalán pertenecería a esta segunda clase.

Así las cosas, si para el nacionalismo a una nación le corresponde forzosamente un Estado, hay que entender que el nacionalismo catalán es insaciable por su propia naturaleza. Su determinación es total, tienen una meta, una idea clara. Justo lo que no tiene Sánchez, que anda todo el día con las tonterías del lenguaje inclusivo y la Agenda 2030, aunque en esto poco se diferencian unos y otros.

Por otra parte están los contrarios a la secesión llamados constitucionalistas, que en el fondo no son sino nacionalistas españoles. No se puede combatir un nacionalismo con otro nacionalismo, pues en sus naturalezas profundas nacionalismo catalán y español son iguales, aunque no así en sus matices o expresiones visibles, pero somos dados a poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias y no lo vemos. Quien crea que con indultos, transiciones, partidos políticos o constituciones se va a arreglar el tema del nacionalismo es que sencillamente no ha identificado el problema. Especialmente hiriente resulta el tema de la Constitución, que dice en su artículo 2:

«La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».

Bien, ¿y quién es nacionalidad y quién es región? Con semejante ambigüedad no es de extrañar ver lo que vemos hoy en día.

Hace falta un cambio de paradigma. Hace falta volver a la Tradición. Hace falta volver a Dios. Sólo de ahí puede brotar una comunidad ordenada.

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