LO QUE NO ENTIENDEN LOS IDIOTAS DE MADRID

Y que no se me ofendan los madrileños, pues no me refiero a ellos en general.

El mundo está lleno de idiotas. Los hay a montones, por todas partes, y claro, Madrid no iba a ser menos. La concentración de tarugos en la capital es particularmente alta en el Congreso de los Diputados, en las redacciones de prensa, platós de televisión o sedes de partidos políticos. Esos son los idiotas a los que nos referimos: políticos, tertulianos, juntaletras, supuestos intelectuales… Por La Moncloa, en consecuencia, va pasando un idiota tras otro. Algunos combinan la idiocia con la astucia y la maldad, lo que los acaba convirtiendo en sujetos altamente perjudiciales para España y los españoles.

Viene esto a cuento del ofrecimiento por parte del actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez, de un nuevo estatuto de autonomía a los nacionalistas. Parece mentira que se pueda ser tan bobo, lo que lleva a pensar que no es sólo cuestión de ingenuidad. Hay que pagar la factura de la presidencia, ¿verdad, señor Sánchez? ¿Se imaginan la justicia en manos de unos sujetos que han hecho caso omiso de las leyes sistemáticamente, incumpliendo incluso las  propias de Cataluña, y que han promovido abiertamente la desobediencia? ¡Es que hay que ser muy tonto para ceder nada más a estos aprendices de dictador! ¡Sería la tiranía!

Pedro Sánchez i Torra
¡Que se besen, que se besen!

El fin último del nacionalismo, y tiene miga que a estas alturas, con la que está cayendo, haya que explicarlo, es la secesión y la constitución de Cataluña en un estado independiente internacionalmente reconocido, lo mismo que pretende el nacionalismo vasco, el gallego o cualquier otro. En el caso de que el pelele de Puigdemont y sus compinches aceptaran el caramelo del nuevo estatuto, que nadie tenga la menor duda de que sería algo temporal, como bien demuestra la historia. Los separatistas pueden ser muchas cosas, pero tontos no son. Ya lo dijo Pujol: «hoy paciencia, mañana independencia». Por tanto, pensar que con un dulce van a saciar al monstruo revela o bien una profunda ignorancia de la naturaleza del nacionalismo o falta de voluntad para combatirlo. O las dos cosas, que es lo más probable.

Todas las competencias que pasan a manos de las pirañas nacionalistas son, para ellos, escalones, etapas que quemar hasta la consecución del objetivo final. Lo explica el escritor Jesús Laínz en su libro ‘Escritos reaccionarios’, desgranando el nacionalismo vasco (y aplicable al catalán, claro):

«Sabemos perfectamente que la libertad plena se consigue por grados, por estadios, como se van subiendo los peldaños de una escalera. Nosotros pedimos lo nuestro, lo que nos pertenece. ¿Qué las derechas españolas nos lo niegan? Nosotros, con la confianza en Dios y en nuestro esfuerzo, bendeciremos la mano por medio de la cual nos llegue el Estatuto».

Manuel de Irujo, dirigente del PNV, diputado y ministro durante la II República.

Y no, no es esto una defensa del centralismo, sino la constatación de la deslealtad de los que se supone son los representantes del estado en las respectivas comunidades autónomas. Y claro, cuando unos son desleales, tramposos, insaciables y manipuladores, y los otros necios, el resultado sólo puede ser malo.

¿Se imaginan la justicia en manos de unos sujetos que han hecho caso omiso de las leyes sistemáticamente, incumpliendo incluso las propias de Cataluña, y que han promovido abiertamente la desobediencia? ¡Sería la tiranía!

Al nacionalismo no se le combate cediendo ante él y abriéndole la mano. Al nacionalismo se le ha de plantear la batalla, primeramente, ideológica. Al nacionalismo se le debe privar de la enseñanza, o más bien intoxicación que pretende producir en los jóvenes. Al nacionalismo se le combate rebatiendo sus mentiras y sus medias verdades, se le combate en la calle, se le combate mediáticamente y cortándole el grifo del dinero. Pero claro, hay que querer, y al PSOE España le chirría, está más por ese engendro ininteligible de la nación de naciones que por la defensa de la idea nacional, pues considera a España poco menos que una herencia de la Inquisición y de Franco. Luego tenemos a los linces del PP y de C’s, incapaces de articular un discurso patriótico más allá de la Constitución, como si unas leyes que nadie lee y que realmente a nadie le importan pudieran ser sustento de la unidad nacional. Todos ellos son partidos carentes de principios, vacíos y al servicio del mundialismo disolvente, por lo que no cabe esperar nada de ninguno de ellos. Es más, en esencia, no son diferentes, sólo es cuestión de matices, y son parte del problema y no de la solución. Si España acaba rota, y seguramente sea cuestión de tiempo, será sobre todo porque no tiene quien la defienda.

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