En The Gentlemen: Los señores de la mafia, Matthew McConaughey da vida a Michael Pearson, un empresario dedicado al cultivo de marihuana a gran escala y con querencia por la vida cómoda, si bien no forjó su imperio de la hierba amablemente. Pearson, pese a ser joven, contempla con agrado la idea de retirarse, por lo que tiene intención de traspasar su negocio. En un evento social coinciden Pearson y su mujer con otro empresario del ramo, interesado en quedarse con el emporio del primero. La esposa de Michael, una mujer perspicaz, advierte a su marido sobre Matthew, el aspirante a quedarse con su negocio: «Es un zorro, y los zorros tienen un carácter previsible. Si le dejas entrar en el gallinero habrá plumas y sangre por todas partes».
Europa es, nos guste más o menos, nuestro gallinero. Y diríase, si hubiere un mínimo de sensatez, que las simpáticas aves desearían tener su casita en paz. Sin embargo, una de las gallinitas progres dijo, sin ponerse colorada, lo siguiente en un podcast llamado Precisamente ahora: «Cometen más delitos los inmigrantes? No. Lo que hay es una sobrerrepresentación de inmigrantes presos. Uno, porque estamos en una sociedad que es mucho más prejuiciosa, que tiende mucho más a hacer un registro o a parar a una persona que luzca migrante. Dos, porque hay factores que hacen más plausible el hecho de que tú permanezcas en la cárcel que si eres alguien español, porque tú eres un preso español y a lo mejor has cometido el mismo delito que la otra persona pero el juez te deja en libertad condicional; a lo mejor cuando llegas al tercer grado, a un nivel de cumplimiento de la condena te dejan irte a tu casa. Entonces hay menos cantidad de españoles en las cárceles porque a los inmigrantes los jueces son más reacios a dejarlos en libertad, pues porque piensan que puede haber un riesgo de fuga… De los que entran, muchos españoles son como de paso mientras que los migrantes permanecen».
Uno ya no alcanza a entender si de verdad las personas que sostienen esto se lo creen, y por tanto viven fuera de la realidad, o mienten. Es difícil calibrar cuál de las cosas es más grave. En cualquier caso, no sólo existen ya estadísticas policiales que prueban que, en proporción, los inmigrantes cometen más delitos que los españoles, sino que es una evidencia para cualquier persona que no viva en una burbuja. Y eso sin tener en cuenta el sexo, es decir, que, de entre los inmigrantes, los que cometen delitos son mayoritariamente hombres, con lo cual esa sobrerrepresentación delincuencial es aún mayor. Podrá objetarse que no todos los inmigrantes son delincuentes, y menos aún delincuentes peligrosos. Es cierto. Pero también es verdad que muchos sí lo son, y no sólo eso, sino que vienen con malas intenciones.
Pero lo peor no es esto, sino esta actitud cuasi comprensiva con los pobres inmigrantes que delinquen que, además de ser víctimas del capitalismo blanco heteropatriarcal y colonialista que les empuja —muy a pesar, por supuesto— a robar, agredir, apuñalar, violar y matar, sufren el abuso de un sistema judicial racista.
Europa ha entrado en las dos últimas décadas en una dinámica absolutamente demencial. En el año 2013, el soldado británico Lee James Rigby fue asesinado en Inglaterra por dos nigerianos que le atropellaron e intentaron decapitarle. Según se recoge en el libro La extraña muerte de Europa[1], el entonces primer ministro británico, David Cameron, declaró: «Esto no es un ataque a Gran Bretaña, ni a nuestra forma de vivir. Es una traición al islam y a las comunidades musulmanas que tanto colaboran con nuestro país. Nada hay en el islam que justifique esta terrible acción». O sea, que la primera preocupación de este sujeto despreciable es no caer en lo que llaman islamofobia, patrón que se repite por toda Europa cada vez que hay un atentado. Muy conocido es también el caso Roterham, donde las autoridades ocultaron los abusos sexuales a menores durante décadas para no ser tachados de racistas.

El libro mencionado recoge otros casos que ponen los pelos de punta, como por ejemplo el del político noruego Karsten Nordal Hauken, un progresista de manual. Nordal fue violado en su propia casa por un inmigrante somalí. Imaginen lo que tal cosa puede suponer para cualquier persona, hombre o mujer. Pues bien, el político noruego no sólo fue agredido sexualmente, sino que, en su demencia, se sentía también culpable porque el pobre somalí que le violó fue capturado y deportado a su país. «Tengo un profundo sentimiento de culpa y de responsabilidad», escribió. «Soy el motivo de que esta persona no pueda vivir nunca más en Noruega, y tenga que enfrentarse a un futuro incierto en Somalia[2]».
Otro caso espeluznante es el de una joven violada en Mannheim (Alemania) en 2016. La chica dijo inicialmente que sus violadores eran alemanes nativos, o sea, alemanes de verdad. La víctima, que era medio turca, era además representante de un grupo izquierdista, y acabó reconociendo que sus agresores eran inmigrantes. Mintió porque no quería fomentar el racismo. Ahí es nada. Es más, publicó una carta abierta donde, para más inri, era ella la que se disculpaba con sus violadores: «Quiero una Europa abierta, una Europa amistosa. […] Vosotros no estáis seguros porque vivimos en una sociedad racista. Y yo tampoco me siento segura porque vivo en una sociedad sexista. Pero lo que realmente hace que me sienta dolida son las circunstancias, por culpa de las cuales los actos sexistas y transgresores que se me han infligido obliguen a que se os acose con un racismo cada vez más agresivo. […] No quiero seguir sin hacer nada y ver como ciudadanos racistas os consideran un problema. Vosotros no sois el problema[3]». Le faltó poner dinero para pagarles el abogado.
Aunque es verdad que estos casos son especialmente significativos, no son tampoco anecdóticos. Son muchas las veces en que, cuando un europeo es víctima de un delito violento cometido por inmigrantes, la misma víctima o desde las autoridades y medios de comunicación se trata de que no se ponga el foco en el origen del agresor. La deducción lógica de todo esto es que, en un buen porcentaje de la sociedad, es más poderoso el pensamiento ideológico que la realidad, lo cual es terrible, hasta el punto de perder el más elemental sentido de supervivencia. Son las gallinas que amaban a los zorros. Y, como decía la esposa de Michael Pearson, habrá sangre y plumas por todas partes.
[1] MURRAY, Douglas. Edaf. Madrid, 2019.
[2] Ibíd., p. 205.
[3] Ibíd., p. 234.
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