Por quinto año consecutivo, el carlismo catalán se ha congregado en la sagrada montaña de Montserrat en acto de desagravio por la retirada del monumento al Requeté. Como viene siendo habitual, se ha rezado el Vía Crucis, se ha realizado un pequeño parlamento y se ha leído un manifiesto.
El acto se ha desarrollado con total normalidad, destacando la presencia de bastantes jóvenes tradicionalistas.
Manifiesto de Montserrat 2026
«Molts agravis van usant / contra nostra Religió / y en la mort de son Monarca / no tenen gens de raho / pues ab un motiu y altre / ara be nos venjarem. / Catalunya, defensora / de nostre Rey Carlos Quart / ella va devant lo exercit / y la sang va a derramar, / quan serém en aquell transit / a la Fe defensarém». Estas palabras son de una canción de un fusilero catalán que luchó en la Guerra de la Convención.
A finales del siglo XVIII se produjo esta guerra, también llamada Guerra Gran, en la que Francia y España se enfrentaron tras el asesinato del rey Luis XVI a manos de los revolucionarios. Ya entonces, las élites eran tan pérfidas como lo son ahora, y no apoyaron debidamente a los nuestros. Pero el pueblo estuvo a la altura y, en Cataluña, el Sometent y los miquelets lucharon codo con codo junto al ejército «para defenderse de los franceses destructores de nuestra Santa Religión y enemigos de toda la Humanidad», en palabras del Conde de la Unión. En los documentos de la época son recurrentes las proclamas en defensa de la Religión, del Rey y de la Patria.
Posteriormente, con motivo de la Guerra del Francés o Guerra de la Independencia, las armas españolas volvieron a confrontar a las de los altivos franceses y, una vez más, el pueblo estuvo muy por encima de los que ocupaban puestos de responsabilidad. El español de a pie volvió a teñir de sangre el solar de la patria en defensa de nuestra Fe: «Todo fiel católico está obligado a mantener la verdad de su Religión y de su fe contra todos sus enemigos, hasta dar la vida en su defensa si fuera necesario». Son palabras de Fray Diego José de Cádiz en ‘El soldado católico en guerra de religión’, y muestran claramente el carácter de cruzada con que se concibió la lucha contra el impío Napoleón. Y aunque los franceses pagaron cara su osadía y fueron derrotados y expulsados de España, es preciso ser conscientes de que sus ideas, su mentalidad, penetraron con fuerza en nuestro país, incluso entre muchos de los que les combatieron, y ahí encontramos el germen de las posteriores guerras del siglo XIX, incluso de la de 1936.

Así las cosas, en 1812 se redactó la primera Constitución, conocida como La Pepa, que comenzaba así: «En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor supremo y legislador de la sociedad. Las Cortes generales y extraordinarias de la Nación española, bien convencidas, después del más detenido examen, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el gran objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado». Pero por sus frutos los conoceréis, y el camino seguido no fue tan recto como indicaba el preámbulo constitucional. Así, un español anónimo dejó constancia del engaño de los liberales en una hoja volandera titulada Desahogos de un constitucional desengañado, donde decía: «La Religión prometieron / proteger y reformar; / mas ay, cuanto que llorar / luego los buenos tuvieron! / ¡felices ojos que vieron / nuestra antigua Religión! / ¡Impía constitución / sin Altar nos ha dejado!».
No creemos faltar a la verdad si decimos, con el más absoluto convencimiento, que nadie ha hecho más daño a España en los últimos doscientos años que los llamados católicos liberales; siempre liberales antes que católicos, en realidad.
En los años 20 del XIX tuvo lugar también la llamada Guerra Realista, en la que los revolucionarios de Riego fueron derrotados y, unos años después, la Guerra dels Agraviats o Malcontents, que tuvo lugar principalmente en Cataluña dada la preocupación por que el rey estuviera bajo la influencia de liberales masones y por la supresión de la Santa Inquisición.
Y en este contexto histórico vio la luz el carlismo. En la confrontación entre dos maneras opuestas de entender la religión, de entender el hombre, de entender la política. En definitiva, entre dos maneras contrarias de entender la vida, entre dos cosmovisiones antagónicas, entre la Tradición y la Modernidad.
El carlismo esconde en las cuatro palabras de su lema —Dios, Patria, Fueros, Rey— una entera articulación de la comunidad y de la vida del hombre. Citando a la princesa de Beira en su Carta a los españoles, «esta divisa la heredamos de nuestros mayores como rico patrimonio, como ley fundamental de nuestra España católica, como lema glorioso de nuestras banderas, como grito de guerra contra nuestros enemigos».
Dios, como principio fundamental de la vida de cada uno de nosotros, de la familia y de la comunidad, de la patria. Dios como fundamento del Derecho, de las instituciones, de la comunidad política o Estado, inspirador de la Unidad Católica de España. Dios como Alfa y Omega, principio y fin tanto de la persona como de la comunidad. Como en el lema de San Pío X, instaurare omnia in Christo.
Patria, como comunidad de familias, como humus para el desarrollo de las mismas y de los cuerpos intermedios. Patria como continuidad histórica. Patria como comunidad en busca del Bien Común. Patriotismo como sentimiento de amor natural por la tierra de nuestros padres. Patria como algo nuestro que hay que defender. Patria como descanso de nuestros mayores, casa de nuestras familias y cuna de nuestros hijos. Patria como legado cultural, espiritual y material. Patria que nos es dada y que hemos de entregar mejor de lo que la recibimos, en la medida de nuestras posibilidades.
Fueros, como plasmación legal de las costumbres de los diversos pueblos de España y como concreción de libertades, reconocido todo ello por una autoridad superior. Libertades concretas, sí, que brotan de las comunidades de forma natural en su desarrollo histórico, alejadas de la abstracta libertad de la Modernidad, mero voluntarismo, o de la supuesta «voluntad general» revolucionaria.
Rey, como gobierno responsable, gobierno de uno. Rey como expresión de poder recibido de Dios. Rey que reina, es decir, que gobierna, porque si no gobierna, no es rey. Rey como la más alta responsabilidad y como primer y principal servidor a la comunidad. Rey que reina con ataduras, dependiente de Dios y para el bien común del pueblo, o sea, de la nación. Rey que no es ni soberano ni absoluto.
El carlismo, pues, que hunde sus raíces en la tradición española, no es una ideología, no es fruto de las elucubraciones de alguien disconforme con la realidad de las cosas que pretende transformar. El carlismo es un movimiento político con una sólida doctrina no porque sea una elaboración teórica, como decimos, sino porque recoge una experiencia histórica vivida por un pueblo. La doctrina se elabora a posteriori ante la necesidad de oponerse al liberalismo.
El carlismo es, pues, el eco de la patria, de una España que se resiste a claudicar y a morir ante la Modernidad. El carlismo es un grito de dolor del pueblo llano que se sabe perdedor ante eso que llaman progreso. El carlismo es el recuerdo perenne de que España nació católica, se hizo grande y fuerte siendo católica, y la advertencia de que va camino del abismo precisamente porque ha dejado de serlo. El carlismo es la antorcha de la Tradición de España. Mientras permanezca encendida, nuestra patria no está muerta. Nunca renunciaremos a nuestros principios. Defenderemos la verdad aunque volvamos a ser, como los Apóstoles, solamente doce.
Visca el Terç de Montserrat!
Visca Catalunya!
Visca Espanya!
Visca Crist Rei!
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